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Entrevista a Jordi Ibáñez Fanés, coordinador del libro En la era de la posverdad. 14 ensayos
Entrevista a Jordi Ibáñez Fanés, coordinador del libro En la era de la posverdad. 14 ensayos

bibianaripol.com - 08/01/2018 06:37

El diccionario Oxford, ha designado el término post-truth -posverdad- como la palabra del año 2016. ¿Nos puede definir posverdad?

Bueno, ya la definición que da el propio diccionario hace referencia a un tipo de afirmación que prescinde de los hechos para interpelar directamente a las emociones y creencias del destinatario del mensaje. Pero los propios responsables del diccionario ya advierten que la palabra no es un neologismo reciente, y remontan su uso a un artículo de Steve Tesich en The Nation, en 1992. Es evidente, no obstante, que la campaña del Brexit y de Donald Trump en las presidenciales estadounidenses dispararon el uso de la palabra hasta cuotas suficientes para convertirla en la palabra del año. Todo el episodio del “procés” lanzado por el independentismo catalán ha redundado en España en este mismo fenómeno.

¿La coherencia en la selección de los colaboradores radica en su libertad profesional o en su diversidad ideológica

Obviamente los dos criterios han prevalecido y se han combinado. No queríamos (y uso el plural, porque realmente el libro surge de un proyecto compartido con Jordi Gracia y Domingo Ródenas) que el libro surgiese de una única posición política. El problema de la posverdad no podía abordarse como si se tratase de una toma de partido, sino como una cuestión de cultura política mucho más abierta.

¿Puede darnos un ejemplo claro de posverdad?

Los famosos “hechos alternativos” invocados por la consejera de Trump, Kellyanne Conway, para justificar las falsedades del portavoz de la Casa Blanca Sean Spicer sobre el número de asistentes a la toma de posesión de Trump, es posiblemente el ejemplo más escandaloso. Pero muchas afirmaciones simplistas, situadas en el territorio de la interpelación emocional y prescindiendo de toda consistencia en términos fácticos, jurídicos o económicos, pueden considerarse el ambiente propicio para alcanzar ese punto aberrante de los hechos alternativos, o de afirmaciones que vuelven irrelevante la veracidad y la simulación en el espacio público.

La mentira siempre ha existido ¿Qué la diferencia de la posverdad? 

Es habitual mostrarse displicente con la posverdad y asimilarla sin más a la vieja mentira de siempre. Pero si no distinguimos no seremos capaces de comprender la toxicidad potencial del fenómeno. La propaganda puede consistir en un engaño creído, tolerado o soportado. No creerte algunos disparates, en según qué régimen, y manifestar en voz alta esta incredulidad, puede llevarte a la cárcel o al paredón. Aunque es verdad que creer en lo increíble, como en la Alemania nazi se llegó a creer en Hitler, forma parte de un goce de la creencia y de la identificación con el líder y con el poder que no debe menospreciarse. Quiero decir que ante el que miente siempre hay quien desea ser engañado y quien soporta el engaño por pura supervivencia. En las democracias también hay engaño, y también hay propaganda. Pero al mentiroso se le hace pagar su engaño. Y claro, una cosa es mentir para protegerse y otra cosa bien distinta es mentir para engañar y lograr de un modo espurio, por ejemplo, una victoria electoral. Y es en este punto donde la posverdad hace su aparición. Ya no es un simple engaño para incrédulos. Es un engaño clamoroso, burdo y obsceno para consumo de seguidores a los que, incluso sabiendo que pueden estar engañándolos, no les importa que lo que los suyos les dicen sea verdad o mentira. A este nuevo público que sólo escucha lo que le gusta y sólo cree lo que le gusta y conviene creer, porque se lo dicen “los suyos”, podríamos calificarlo de “crédulo cínico”. Creen a sabiendas de que lo que creen puede ser totalmente falso.

¿Existe la posverdad inconsciente?

No existe el engaño inconsciente, porque lo llamamos error. Y creerse inconscientemente un engaño es ser lisa y llanamente engañado. En la posverdad no hay engaño. El juego es mucho más perverso. Por eso hablo de credulidad cínica.

¿Podríamos hablar de una posverdad positiva y en este caso sería justificable?

Hay engaños, las llamadas mentiras piadosas, o incluso los secretos de Estado, o las mentiras del poder para protegerse, que pueden llegar a tener una justificación, no diré positiva, pero se puede comprender que alguien o algo desee protegerse, ocultarse, o desviar la atención mediante el engaño y la fabulación. La posverdad es demasiado obscena en su planteamiento y demasiado estúpidamente tóxica para la comunidad como para llegar a imaginarle nunca ni tan siquiera una remota explicación, a no ser la gran degradación de la comunidad donde se abre paso. Socava la calidad del espacio público y socava la democracia.

El ciudadano tiene la percepción de que la mentira, hoy, goza de una cierta impunidad ¿tiene fundamentos esta percepción?

Sí, si pensamos en la posverdad en un sentido estricto. Otra cosa es que en el régimen de la posverdad ya nada importe y el engaño sea tolerado, sencillamente porque en el juego general de la política ya no importa ni dónde está la verdad ni quién miente, sino cómo te desenvuelves en las sombras que rodean tus propios intereses de ciudadano privado. En el juego general de la política ya no importa ni dónde está la verdad ni quién miente.

¿Podríamos considerar las redes sociales como un “antídoto” contra la posverdad?

Al revés. Yo creo que en ellas ha proliferado la posverdad y han sido un campo abonado para su exitosa expansión. En las redes reina lo emocional, lo primario, y el criterio rector es el goce del acuerdo y del conflicto, nada que tenga que ver con criterios de verdad o facticidad. Prueba de ello es el nivel de intoxicación que triunfa en ellas.

¿El uso de la posverdad es eficaz más allá de la política y en cualquier colectivo?

Creo que es eminentemente una cuestión política. No creo que en una pareja sea indiferente que sea verdad o mentira lo que se sepa sobre, por ejemplo, una infidelidad, y no creo que en el mundo de las relaciones sentimentales, incluida la amistad, el juego de la creencia cínica tenga cabida. Por descontado, la posverdad no tiene ni sentido ni cabida en el mundo de los saberes. Allí, si hay mentira, hay engaño o desenmascaramiento.

Parece que la posverdad ha venido para quedarse.¿Qué mecanismos podemos usar para evitar su influencia?

Una educación exigente, una política exigente, un espacio público exigente. Denunciar, desenmascarar. Es difícil y peligroso querer ir más lejos. Incluso cuando la política se ha convertido en esa fe cínica, en la que todo es aceptable con tal de que ganen los tuyos, hay que denunciar, hay que desenmascarar, y al torpe descaro de la posverdad hay que saber oponer el lúcido descaro de la verdad.

 

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